REALMENTE NOS DEFINE LO QUE VIVIMOS EN LA INFANCIA?: UN REPASO A LA TEORÍA DEL APEGO
La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby en la década de los años 50, ha sido una de las influencias más fuertes en la psicología del desarrollo. Su premisa principal es que las experiencias tempranas con los cuidadores moldean la forma en que las personas se vinculan emocionalmente con los demás a lo largo de la vida. Se plantea que los tipos de apego, como el seguro, inseguro-evitativo, inseguro-ambivalente y desorganizado, determinan cómo nos relacionamos afectivamente en la edad adulta. Sin embargo, desde una perspectiva conductista radical, esta teoría y sus categorías están plagadas de problemas conceptuales y metodológicos que la hacen ineficaz como explicación funcional de la conducta humana.
LA TEORÍA DEL APEGO EN LA EDAD ADULTA: UNA REVISIÓN CRÍTICA DESDE EL CONDUCTISMO
Desde un enfoque conductista radical, la conducta humana se explica por las interacciones continuas entre el individuo y su entorno. El análisis funcional de la conducta pone énfasis en cómo los comportamientos actuales son mantenidos por sus consecuencias, en lugar de centrarse en supuestas etiquetas que “predicen” patrones de comportamiento futuros (como el horóscopo). La teoría del apego se basa en categorías estáticas, y en etiquetar a las personas en función de cómo fueron sus experiencias tempranas, sin considerar las complejas interacciones del entorno actual que pueden estar influyendo sobre su comportamiento en el presente.
Un principio fundamental del conductismo radical es que el comportamiento es moldeado por contingencias, no por etiquetas. Las categorías de apego al contrario, son inherentemente reduccionistas; toman un enfoque excesivamente simplista y lineal para explicar las conductas humanas. Un análisis funcional de la conducta, por otro lado, requiere una evaluación rigurosa de los antecedentes y consecuencias de las acciones de la persona en su contexto actual, lo que nos lleva a una comprensión mucho más precisa de la conducta. Decir que alguien tiene “apego anssioso” o “evitativo” no explica por qué en una situación determinada se comporta de una manera concreta.
En las últimas décadas, la teoría del apego ha sido adaptada y ampliada para aplicarse no solo a las relaciones tempranas entre cuidadores e infantes, sino también a las relaciones en la edad adulta. Esta extensión de la teoría, aunque respaldada por algunos psicólogos, ha sido adoptada y malinterpretada por una creciente cantidad de coaches y pseudoterapeutas que, sin una base científica sólida, la utilizan para etiquetar a personas y ofrecer explicaciones simplistas sobre sus dificultades interpersonales y emocionales. Desde una perspectiva conductista radical, esta práctica no solo es incorrecta desde un punto de vista científico, sino que también plantea serios problemas éticos. Vamos a repasar todo esto siguiendo una serie de puntos:
1. El surgimiento de la “Teoría del Apego Adulto”
La teoría del apego adulto, derivada de la obra original de Bowlby y Ainsworth, propone que los estilos de apego desarrollados en la infancia influyen en las relaciones románticas y otras interacciones sociales en la edad adulta. A partir de esta idea, se han propuesto categorías de apego adulto que reflejan las de la infancia: seguro, ansioso, evitativo y desorganizado. Se argumenta que estas categorías pueden predecir cómo una persona maneja el conflicto, la intimidad y la independencia en sus relaciones. Sin embargo, esta extensión de la teoría ha sido criticada por su simplificación excesiva y la falta de pruebas empíricas robustas que respalden la existencia de estos estilos de apego como categorías fijas o inmutables en la vida adulta.
2. Problemas con la Teoría del Apego desde una perspectiva conductual
Desde una perspectiva conductista, existen varios puntos críticos en contra de la teoría del apego:
Falta de operacionalización clara: Las categorías de apego carecen de definiciones operacionales específicas que permitan una medición precisa y replicable de las conductas. Te lo explico en cristiano: las etiquetas de apego seguro, ansioso, evitativo y desorganozado, en lugar de ser comportamientos observables, se basan en construcciones teóricas que no son fácilmente medibles ni manipulables experimentalmente. ¿Dónde está el apego ansioso? ¿Cómo lo podríamos ver u operativizar en conductas concretas?.
El papel del entorno actual: La teoría del apego subestima el impacto del entorno en el presente. Según el conductismo radical, las contingencias actuales de refuerzo y castigo tienen una mayor influencia en el comportamiento que los eventos históricos. Aunque es indudable que las experiencias tempranas pueden influir en el desarrollo, no son el único ni el principal determinante de las conductas presentes. Lo que importa es cómo las personas aprenden nuevas formas de relacionarse en función de las contingencias actuales. Que hayas tenido una infancia X no determina quien eres tú en el presente. Ojo, puede haber correlación entre haber tenido una infancia complicada y un presente dificil, pero aquí ya sabemos todxs, queridos y queridas lectoras mías que correlación no implica causalidad. Si así fuera, eso significaría que todas las personas con una infancia lamentable, estarían hoy día inmersas en un presente de mierda. Y no es así. Millones de seres han vivido situaciones traumáticas y altamente estresantes y después se han convertido en personas adultas totalmente sanas y funcionales.
Sobreinterpretación de correlaciones: Muchos estudios sobre apego se basan en correlaciones entre experiencias tempranas y patrones de comportamiento adulto. Sin embargo, desde una perspectiva científica y como os decía hace un rato, la correlación no implica causalidad. Esto es especialmente problemático cuando los defensores del apego usan esas correlaciones para hacer afirmaciones predeterminadas sobre la vida adulta de una persona, lo que conduce a una explicación circular y no falsable.
Reduccionismo psicológico: La teoría del apego reduce las complejas interacciones humanas a un solo factor (la relación temprana con los cuidadores), ignorando la vasta gama de variables que influyen en la conducta. Desde la perspectiva conductual, la conducta se ve influenciada por múltiples factores ambientales, no por un “tipo de apego” determinado.
3. El uso inadecuado de las etiquetas de apego en el coaching y las pseudoterapias.
En la actualidad, algunos coaches y pseudoterapeutas (muchos de ellos con estudios en psicología) han adoptado la teoría del apego adulto para ofrecer explicaciones rápidas y etiquetas simplistas sobre los problemas interpersonales de sus clientes. Estas etiquetas, basadas en la supuesta clasificación de estilos de apego, se utilizan para justificar una amplia gama de comportamientos y dificultades, desde la inseguridad en las relaciones hasta la falta de éxito en la vida profesional.
Por ejemplo, una persona que experimenta dificultades para establecer relaciones íntimas puede ser etiquetada como “evitativa”, mientras que alguien que muestra conductas de dependencia emocional puede ser clasificado como “ansioso”. Estas etiquetas, en lugar de ayudar a la persona a comprender y cambiar su comportamiento, pueden reforzar la idea de que su forma de ser está determinada por su infancia y es inmutable, que no puede cambiar. Esto no solo es científicamente problemático, sino que también puede ser dañino para los y las consultantes desde una perspectiva ética.
En la actualidad, las categorías de apego han sido cooptadas por pseudoterapeutas y coaches que, sin una base científica rigurosa, etiquetan a personas adultas como “evitativos” o “ansiosos”, sugiriendo que esas etiquetas son la explicación completa de sus problemas interpersonales. Esto no solo simplifica en exceso los problemas humanos, sino que es una grave falta de ética profesional.
Estos pseudoterapeutas y coaches presentan el apego como una característica inmutable, algo que “explica” por qué una persona es de cierta manera, sin ofrecer soluciones reales. A menudo, utilizan cuestionarios de dudosa validez para “diagnosticar” el tipo de apego, y a partir de ahí, crean una narrativa que limita el crecimiento personal de la persona al centrarse en la etiqueta, en lugar de en el análisis funcional de su comportamiento actual. Aquí lo interesante parece que no es ayudar a la persona, sino mantenerla constantemente dentro de un circuito terapéutico. Vamos, hacerla crónica.
El impacto de estas prácticas es muy preocupante: se etiqueta a personas con explicaciones simplistas que no consideran la totalidad de su contexto vital actual. Esto puede llevar a intervenciones ineficaces o incluso perjudiciales. En lugar de fomentar el autoconocimiento y la responsabilidad personal, se le dice a la persona que es “víctima” de su apego, lo que perpetúa la idea de que su comportamiento está predeterminado por su pasado.
4. La Teoría del Apego Adulto resulta ser un enfoque reduccionista y determinista.
Desde la perspectiva del conductismo radical, esta práctica de etiquetar a las personas según categorías de apego adulto es una forma de reduccionismo que simplifica de manera inadecuada la complejidad del comportamiento humano. Las etiquetas de apego adulto sugieren que los patrones de comportamiento de una persona están predeterminados por sus experiencias infantiles y que son resistentes al cambio. Sin embargo, el conductismo radical enfatiza que todo comportamiento es moldeado por contingencias actuales en el entorno y puede cambiar cuando cambian esas contingencias.
En lugar de enfocarse en etiquetas estáticas, el análisis funcional del comportamiento examina las contingencias actuales que mantienen un comportamiento problemático. Pensemos en una persona que ha sido etiquetada como “evitativa” porque tiende a distanciarse emocionalmente en sus relaciones. Según la teoría del apego, esta etiqueta indicaría que la persona, debido a experiencias tempranas, evita la intimidad como un mecanismo de defensa. Sin embargo, desde una perspectiva conductual, en lugar de centrarnos en la etiqueta de “evitativa”, el análisis funcional del comportamiento investigaría qué está manteniendo este patrón de distanciamiento en el presente.
Por ejemplo, en una relación, esta persona podría evitar conversaciones profundas o momentos de vulnerabilidad emocional. Un análisis funcional observaría cómo este comportamiento de evitar la intimidad podría estar reforzado de forma inmediata por la reducción de la ansiedad o el malestar que siente al enfrentarse a situaciones emocionales. Es decir, al evitar esas situaciones, siente alivio temporal, lo que refuerza la conducta de distanciamiento.
En lugar de etiquetar a esta persona como “evitativa” y asumir que no puede cambiar debido a su estilo de apego, la intervención conductual se enfocaría en modificar estas contingencias. ¿Cómo? Introduciendo nuevas condiciones en su entorno que refuercen comportamientos más adaptativos. Por ejemplo, se podría trabajar en estrategias de regulación emocional que le permitan manejar mejor la ansiedad en esos momentos vulnerables, de modo que en lugar de evitar, pueda aprender a acercarse y conectar de manera más saludable con los demás.
Este enfoque no solo evita encasillar a la persona en una categoría estática, sino que le ofrece una vía para el cambio real, enfocada en las contingencias del presente que están manteniendo su comportamiento.
5. La pseudociencia y la falta de ética en el uso de etiquetas de apego
La utilización de estas etiquetas por parte de coaches y pseudoterapeutas no solo carece de un fundamento científico sólido, sino que también y como ya vengo diciendo desde el principio de este post, plantea serios problemas éticos. La psicología y la terapia basadas en la evidencia exigen que las intervenciones se fundamenten en teorías y prácticas validadas científicamente. Etiquetar a una persona según un estilo de apego y utilizar esta etiqueta como explicación principal de sus problemas interpersonales es una simplificación peligrosa que puede llevar a una falta de responsabilidad en la intervención y perpetuar problemas conductuales.
Este enfoque también puede socavar la autonomía del cliente, ya que fomenta la idea de que los comportamientos problemáticos están fuera de su control y son el resultado inevitable de su “estilo de apego”. En lugar de empoderar al cliente para que entienda y modifique sus comportamientos a través del cambio de contingencias y la adquisición de nuevas habilidades, este enfoque lo encierra en un diagnóstico estigmatizante y fatalista.
En la actualidad, muchas veces las etiquetas de apego son utilizadas más como una estrategia de marketing que como un acto de divulgación científica. Los coaches y pseudoterapeutas, alejados de la psicología basada en evidencia, han encontrado en el lenguaje de la teoría del apego una forma seductora de atraer a potenciales clientes. Estas categorías, como el apego “ansioso” o “evitativo”, se presentan en redes sociales o talleres como explicaciones simplistas de problemas complejos. Esto crea una narrativa atractiva que engancha rápidamente a personas que buscan respuestas fáciles y rápidas a sus dificultades interpersonales.
Desde este enfoque, las etiquetas de apego funcionan como ganchos comerciales, diseñadas para atraer a un público que, al verse reflejado en estos patrones de comportamiento, cree haber encontrado una respuesta clara a sus problemas. Sin embargo, en lugar de brindar soluciones basadas en evidencia científica, se perpetúa una visión estática y limitante del ser humano, donde se sugiere que esos patrones están profundamente arraigados y son inmutables.
Al utilizar las etiquetas del apego como una estrategia de captación, los pseudoterapeutas juegan con la vulnerabilidad de las personas, vendiéndoles la idea de que la clave de sus problemas radica en ese estilo de apego, y que únicamente a través de la intervención de ese profesional podrán superarlo. Este tipo de marketing emocional no solo carece de rigor científico, sino que además promueve un mensaje erróneo: que las personas están atrapadas en sus etiquetas y que necesitan a un “experto” para liberarse de ellas.
Es fundamental destacar que, bajo esta práctica, el bienestar real de las personas pasa a un segundo plano, siendo desplazado por el objetivo comercial de captar clientes y perpetuar la dependencia hacia esos servicios. En lugar de fomentar la autonomía, la responsabilidad y la adquisición de habilidades para el cambio conductual, se refuerza la idea de que los problemas psicológicos están predeterminados por un “estilo de apego” del que no se puede escapar, un mensaje que socava las bases éticas de cualquier intervención psicológica responsable.
Por lo tanto, el uso de las etiquetas de apego en este contexto no solo es engañoso, sino también perjudicial, ya que, en lugar de generar una intervención eficaz y basada en la evidencia, mantiene a las personas atadas a una narrativa simplista, diseñada para alimentar el mercado de la pseudoterapia.
6. La alternativa ética y basada en la evidencia: el Análisis Funcional de la Conducta y las terapias contextuales
Frente a estas prácticas problemáticas, el análisis funcional de la conducta ofrece un enfoque más ético y basado en la evidencia para abordar los problemas conductuales y emocionales. En lugar de etiquetar a las personas, el análisis funcional examina las contingencias actuales que mantienen el comportamiento problemático y trabaja para modificarlas. Este enfoque respeta la complejidad del comportamiento humano y reconoce que las personas son capaces de cambiar cuando se modifican las condiciones de su entorno.
Un análisis funcional puede ayudar a una persona a identificar los refuerzos que mantienen un comportamiento indeseable y a desarrollar nuevas habilidades y estrategias para enfrentarse a su entorno de manera más efectiva. Este enfoque, a diferencia del etiquetado basado en la teoría del apego adulto, se centra en la modificación de las conductas actuales y empodera al individuo para realizar cambios positivos. Frente a la etiqueta estática del “apego”, el análisis funcional de la conducta ofrece una herramienta poderosa para entender y modificar comportamientos problemáticos en la vida adulta. Este enfoque no se centra en lo que pasó en la infancia, sino en lo que ocurre aquí y ahora. A través de un análisis detallado de las contingencias (consecuencias) que mantienen ciertos patrones de conducta, es posible diseñar intervenciones que realmente funcionen.
Las categorías de apego, tal y como se utilizan hoy en día, ofrecen una falsa sensación de comprensión que no es útil ni eficaz a largo plazo. En lugar de etiquetar, debemos centrarnos en los comportamientos específicos, en las relaciones actuales y en las consecuencias que están manteniendo esos comportamientos. Solo así podremos ofrecer soluciones reales, basadas en un análisis conductual profundo y en estrategias científicamente validadas.
7. Resumiendo: el peligro de las etiquetas y la importancia de una intervención basada en la evidencia
La aplicación de la teoría del apego a la edad adulta, especialmente cuando es utilizada por coaches y pseudoterapeutas para etiquetar a personas y conseguir clientes, representa un enfoque reduccionista y éticamente cuestionable. Desde la perspectiva del conductismo radical, este enfoque no solo es científicamente insostenible, sino que también puede ser perjudicial para los y las consultantes.
El uso de etiquetas simplistas basadas en la teoría del apego adulto reduce la complejidad del comportamiento humano a categorías fijas y predeterminadas, ignorando el papel crucial de las contingencias actuales (la situación o contexto en el que vives ahora) en la formación y el cambio de las conductas. El análisis funcional de la conducta (FAP), en contraste, ofrece un enfoque más matizado y respetuoso con la autonomía de la persona, centrándose en la modificación de las contingencias que mantienen el comportamiento problemático.
En la práctica clínica y terapéutica, es esencial adherirse a enfoques basados en la evidencia que respeten la complejidad del comportamiento humano y ofrezcan soluciones efectivas y éticas para los problemas conductuales y emocionales. Abandonar las etiquetas reduccionistas y abrazar un enfoque conductual y contextual basado en el análisis funcional es un paso crucial para mejorar la calidad de la intervención psicológica y promover el bienestar de los individuos.
ELIGE BIEN A TU TERAPEUTA
En un mundo donde la psicología clínica está al alcance prácticamente de cualquier persona, es preocupante que incluso algunos profesionales con licencia utilicen enfoques dudosos y no científicos, como la malinterpretación de la teoría del apego en adultos, para etiquetar y “tratar” a sus pacientes. Esto no solo es una falta de ética profesional, sino que también pone en riesgo el bienestar de las personas que buscan ayuda. Por eso, es crucial que te informes y elijas cuidadosamente a tu terapeuta. Nunca me canso de dar estos consejos tan básicos y aún a riesgo de repetirme con ello más que la morcilla de Burgos, aquí los vuelvo a recordar:
1. Haz Preguntas en la Sesión de Valoración Inicial
La primera sesión con un/a terapeuta es tu oportunidad para evaluar si es el o la profesional adecuado para ti. No tengas miedo de hacer preguntas detalladas sobre su enfoque terapéutico, los métodos que utiliza y qué puedes esperar de la terapia. Pregunta cómo evalúa los problemas y cuáles son los pasos concretos que seguirán en las sesiones. Un terapeuta ético y bien formado debería poder explicarte de manera clara y basada en la evidencia cómo trabaja y qué resultados puedes esperar. De hecho, sería muy buena señal que no tuvieras que preguntárselo ya que él o ella te lo informan desde el principio y, además, después de esta primera sesión de valoración te dan lo que se conoce como “devolución”, es decir te escriben para contarte cómo ven el problema (qué lo causa y lo mantiene) y qué pasos hay que dar para salir de él. Es decir, te envía un plan de intervención en el que especifica por adelantado qué se va a hacer y en cuánto tiempo (sesiones) se haría.
2. Busca Enfoques Basados en la Evidencia
Un buen terapeuta utilizará métodos que estén respaldados por la investigación científica y que hayan demostrado ser efectivos. Desconfía de quienes proponen técnicas o teorías que suenan místicas, poco claras o demasiado simplistas. Las explicaciones fáciles y las soluciones mágicas rara vez conducen a un verdadero cambio. Opta por terapeutas que se adhieran a enfoques como el análisis conductual aplicado, la terapia cognitivo-conductual o la terapia de aceptación y compromiso, todos ellos con una sólida base empírica.
3. Huye de los Charlatanes: Menos Palabras y Más Acción
Un terapeuta que habla mucho pero hace poco no es alguien en quien debas confiar. La terapia efectiva no se basa en largas explicaciones sin fundamento, sino en el trabajo concreto y estructurado para modificar los patrones de pensamiento y comportamiento que están causando dificultades. Si durante la primera sesión notas que el terapeuta se enfoca más en teorías vagas o en la asignación de etiquetas sin un plan claro de acción, es una señal de alerta para que busques ayuda en otro lugar.
4. Exige Responsabilidad y Profesionalidad
Tu salud mental es demasiado importante como para dejarla en manos de alguien que no sigue las mejores prácticas basadas en la ciencia. Exige responsabilidad y profesionalismo en cada paso del proceso terapéutico. Un buen terapeuta no solo te escuchará, sino que también te guiará con un plan claro, ajustado a tus necesidades y basado en la evidencia científica más actual.
INFÓRMATE
Tu bienestar y crecimiento personal dependen de elegir el o la terapeuta adecuado/a. No te conformes con menos. Tómate el tiempo para investigar, hacer preguntas y evaluar si el enfoque de tu terapeuta es el correcto para ti. Escoge un profesional que te ofrezca más que palabras y etiquetas, alguien que te guíe a través de un proceso estructurado y efectivo hacia el cambio que buscas. En resumen, sé unx consumidorx informadx y exige lo mejor para tu salud mental.
Recuerda: la terapia es un camino hacia el bienestar y la autonomía, y el/la terapeuta que elijas puede marcar la diferencia entre el estancamiento y el verdadero progreso. ¡Haz valer tu derecho a una atención psicológica ética y basada en la evidencia!
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FUENTES CONSULTADAS
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