CUANDO MÁS TE NECESITO DESAPARECES: MINIGUÍA PARA GESTIONAR LA DESLEALTAD

A veces lo ves claro, como un fogonazo entre la niebla: la gente desaparece cuando más la necesitas. Y lo peor no es eso. Lo peor es que tú también lo has hecho. Que hay alguien, en algún lugar, pensando en tu ausencia, preguntándose por qué no estabas ahí cuando el camino se torció.

Cuando descubrimos o sentimos la deslealtad, duele. Y no solo la de los demás, sino la nuestra también. Nos han vendido la historia de que quien te quiere estará. Que no hará falta pedirlo, que la lealtad es una certeza, que no hará falta pedir ayuda porque aparecerá sola. Pero la vida no funciona así, no hay garantías ni promesas que duren para siempre. La gente se cansa. La gente no sabe qué hacer con tu tristeza. La gente huye porque quedarse es difícil. Y sí, a veces duele tanto que parece que te arrancan algo de dentro.

Cuando las cosas van mal, es fácil sentir que el mundo entero se está desmoronando y que, en el peor momento, la gente se aleja. A veces es cierto: hay personas que solo están para las risas, para los buenos tiempos, para cuando eres funcional y no un peso que cargar. Y duele. Duele porque confiabas, porque pensabas que había algo recíproco, porque creíste que estarían. Pero también hay otro lado de la historia, el que cuesta más admitir: nosotrxs también desaparecemos. A veces por miedo, a veces por incapacidad, a veces porque simplemente no sabemos cómo estar ahí para el otro sin sentir que nos ahogamos también.

Si todo esto te resulta familiar, no es porque seas una mala persona ni porque el mundo esté lleno de traidores. Es porque la lealtad y el apoyo emocional son más difíciles de gestionar de lo que nos han contado. No basta con querer estar; hay que saber cómo. Y ahí es donde muchas relaciones fallan: en la falta de herramientas.

La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) nos dice algo clave: la vida es difícil, la gente nos va a fallar y nosotros vamos a fallar a los demás. Pero lo que marca la diferencia es qué hacemos con eso. Podemos encerrarnos en la rabia y la decepción, o podemos aceptar que esto forma parte de la experiencia humana y preguntarnos: ¿cómo quiero actuar, a pesar de todo?

 

ALGUNOS EJEMPLOS DE DESLEALTAD COTIDIANA

Deslealtad no es solo una traición evidente, un abandono claro. A veces, es más sutil y silenciosa:

  • Esa amiga que siempre estaba cuando eras fuerte, pero que desaparece cuando te rompes.

  • La pareja que prometió estar en las malas, pero en cuanto llegan los malos momentos se aleja, se vuelve fría, no hace nada.

  • La familia que minimiza lo que te pasa, que te dice "no es para tanto" en lugar de sostenerte.

  • El compañero de trabajo que era cercano hasta que tuviste un problema y prefirió no implicarse.

  • Y, por otro lado, las veces en que tú has visto el dolor en alguien y has elegido no involucrarte, por miedo, por cansancio, por no saber qué hacer.

No hay buenos y malos en esto. Solo personas con límites, con miedos, con historias propias que a veces los llevan a fallarnos y a fallar nosotrxs también.

 

EL IMPACTO EMOCIONAL QUE NOS DEJA LA DESLEALTAD

La deslealtad duele, pero no solo por la ausencia del otro. Duele porque deja preguntas abiertas, porque convierte la mente en un campo de batalla donde se enfrentan la decepción, la culpa y la duda: ¿No era real esa amistad, esa relación, ese vínculo? ¿Lo imaginé todo? ¿Hice algo para merecerlo?

Porque cuando alguien nos falla, no nos quedamos solo con su ausencia. Nos quedamos con el eco de lo que fuimos con esa persona, con los recuerdos que ahora parecen teñidos de una mentira, con la sensación de que tal vez el problema siempre fuimos nosotrxs.

Nos han enseñado a medirnos a través de los ojos de los demás. Si se quedan, somos valiosxs. Si se van, algo hicimos mal. Y desde ahí nacen pensamientos que nos perforan por dentro: quizá fui demasiado intensa, demasiado exigente, demasiado sensible. Quizá mi dolor fue una carga. Quizá esperé demasiado. Y es que la deslealtad no solo deja una herida, sino que también despierta heridas anteriores. Nos conecta con viejos miedos que nunca terminamos de cerrar: el miedo a no ser suficientes, a no ser importantes para nadie, a ser siempre la persona que se entrega más y recibe menos. Nos hace cuestionarnos incluso cuando no deberíamos.

Pero aquí hay algo que necesitamos recordar: que alguien no haya estado para ti no define tu valor. Define sus límites, su capacidad, su propia historia. Es algo que tiene más que ver con la otra persona que contigo. No eres menos valiosa porque alguien no quiso o no supo quedarse. Y aunque duela, aunque arda, aunque haga que te sientas invisible por momentos, eso no significa que seas menos valiosa/o. No significa que haya algo en ti que haga que la gente se vaya. A veces, la gente se va porque no puede quedarse. Porque no sabe cómo. Porque tiene sus propias batallas y su propio miedo a la vulnerabilidad. Y aunque entender esto no borre el dolor, nos ayuda a dejar de cargar culpas que nunca nos pertenecieron.

No eres demasiado. No sientes mal. No esperas lo incorrecto. Y la próxima vez que te venga ese pensamiento de “si fuera diferente, no me habrían abandonado”, recuerda que quien no quiso o no supo estar no era el espejo en el que debías mirarte.

 

CÓMO GESTIONAR EL DOLOR EMOCIONAL

Si sientes que te han fallado, permítete sentirlo. No te obligues a ser comprensivx o a perdonar si aún te duele. Pero tampoco te quedes ancladx en la amargura. ¿Quién sí estuvo? ¿Quién mostró señales de querer estar, aunque no supiera cómo? ¿Hay alguien que esperaba más de ti y no supiste dárselo? Tal vez no puedas cambiar el pasado, pero sí puedes decidir qué harás la próxima vez.

Una herramienta práctica que te puede ayudar con todo esto es el compromiso. No como una carga, sino como una decisión consciente. Si quieres ser alguien que está para los demás, define qué significa eso en acciones concretas. ¿Responder un mensaje aunque no tengas ganas? ¿Ofrecer ayuda sin esperar que te la pidan? ¿Aprender a escuchar sin intentar solucionar? Y lo mismo al revés: si necesitas apoyo, ¿cómo puedes pedirlo de forma clara? Las personas no siempre desaparecen porque no les importas; a veces simplemente no saben que las necesitas o no saben cómo estar.

La Terapia de Aceptación y Compromiso nos da herramientas para afrontar estas emociones sin dejarnos consumir por ellas. Aquí tienes un ejercicio práctico:

EJERCICIO: SOSTENER LA EMOCIÓN SIN DEJARTE ARRASTRAR POR ELLA

  1. Observa la emoción: Cierra los ojos, respira hondo. ¿Qué sientes? Rabia, tristeza, decepción, miedo. Ponle un nombre. No intentes cambiarla ni rechazarla, solo date cuenta de que está ahí.

  2. Ubícala en tu cuerpo: ¿Dónde la notas? En el pecho, en la garganta, en el estómago. ¿Es una presión, un ardor, un vacío? Imagina que la puedes describir físicamete como si se la pudieras detallar a alguien más.

  3. Dale espacio: En lugar de luchar contra ella, imagina que le das un poco más de espacio dentro de ti. Que la sostienes sin intentar que desaparezca. Como si fuera un visitante temporal al que no necesitas echar. Usa la respiración para hacer ese hueco dentro de ti y espera a que la emoción se mueva o cambie mientras la observas.

  4. Conéctate con tu propósito: A pesar de este dolor, ¿qué tipo de persona quieres ser? ¿Cómo quieres responder en el futuro ante alguien que sufre? ¿Cómo quieres cuidarte a ti mismo, a ti misma en este proceso? ¿Cómo quieres pedir ayuda en el futuro? ¿Qué conductas van a definir que alguien se quede o desaparezca de tu vida? ¿Cuáles quieres que sean tus líneas rojas, tus propios límites?

  5. Haz algo pequeño por ti hoy: No tiene que ser un gran paso. Puede ser escribir lo que sientes, darte un respiro, conectar con alguien que sí está, o simplemente recordarte que tu valor como persona no depende de la lealtad de los demás.

PARA RECONSTRUIR DESDE EL DOLOR

Sentir duele, pero huir del dolor nos deja atrapados, estancadas. Aprender a sostener lo que nos hiere sin dejarnos arrastrar es el primer paso para salir adelante. Y desde ahí, desde esa claridad, podemos empezar a elegir mejor nuestras relaciones, a pedir sin miedo y a poner límites sin culpa.

 

Recuerda: la vida no es justa y la deslealtad duele. Pero en lugar de quedarnos en la queja, podemos elegir qué tipo de persona queremos ser. No para ser perfectxs ni para evitar el dolor, sino para construir relaciones que, aunque imperfectas, sean reales. Y eso, al final, vale la pena.

 

 

PUEDES DESCARGAR ESTE EJERCICIO COMO UNA AUDIOGUÍA

A veces, la emoción llega como una ola gigante y te pilla sin salvavidas. Todo iba más o menos bien, y de repente, ahí está: la angustia, la rabia, la tristeza clavándose en el pecho. Y lo peor no es solo sentirla, sino lo que viene después: la lucha interna por intentar no sentirla: “No debería estar así”, “Tengo que calmarme”, “Seguro que estoy exagerando.” Y cuanto más intentas quitártela de encima, más fuerte se agarra. Como cuando intentas hundir un corcho en el agua: cuanto más lo empujas, con más fuerza sale disparado.

Si esto te pasa, déjame decirte algo: la emoción no es el problema. El problema es la guerra que tenemos con ella. Nos han enseñado que si algo duele, hay que evitarlo. Pero según las terapias contextuales, la evitación es justo lo que nos mete en más líos. Cuanto más huyes de una emoción, más grande se vuelve. Es como si le dieras la razón.

Por eso, la clave no es escapar. Es quedarte con la emoción, mirarla de frente y dejar que exista sin intentar ahogarla. Sí, es incómodo. Sí, da miedo. Pero justo ahí está la solución. Cuanto más te expones a lo que sientes sin tratar de eliminarlo, menos poder tiene sobre ti.

Esto es lo que hacemos en consulta con la técnica de expansión. No es magia, no es relajación ni pensamiento positivo. Es modificación de conducta pura y dura: te expones a lo que sientes y, en lugar de luchar contra ello, aprendes a sostenerlo. Y cuando lo sostienes, algo cambia. No porque la emoción desaparezca, sino porque deja de manejarte.

Si quieres probarlo, he creado una audioguía donde te acompaño paso a paso en este proceso. Puedes usarla en cualquier momento: cuando te notes atrapadx en pensamientos, cuando la emoción te sobrepase o cuando simplemente quieras aprender a estar contigo sin salir corriendo.

Haz la prueba y dime qué tal. No te prometo que sea fácil, pero sí que funciona.

 
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